Museo del Barrio en New YorkCarlos ZerpaCarteles fotografías y objetos utilizados en miperformance "Ceremonia con Armas Blancas" en 1981
(fotografías de Abel Naim)Fotografía en el museo por Terry Holiday
Museo del Barrio en New YorkCarlos ZerpaCarteles fotografías y objetos utilizados en miperformance "Ceremonia con Armas Blancas" en 1981
(fotografías de Abel Naim)Fotografía en el museo por Terry Holiday

El rechazo al objeto artístico como mercancía, la búsqueda de nuevas formas de participación social y la construcción de una estética anclada en la realidad local son premisas que estuvieron en el centro del debate de una de las rupturas más radicales del arte latinoamericano de los años 70: el no objetualismo.
“Realmente lo que se negaba era el carácter fetichista y mercantil que tenían en ese momento las obras artísticas”, afirmó Jorge Lopera, curador (en diálogo con Miguel A. López) de la exposición No-objetualismos. Hacia un pensamiento visual independiente, que presenta el Museo Universitario del Chopo hasta el 31 de mayo, en una versión revisada y expandida con respecto a la organizada por el Museo de Arte Moderno de Medellín, Colombia.
El término no-objetualismo, acuñado por el crítico peruano Juan Acha tras su autoexilio en México en 1972, engloba una constelación de prácticas que van desde la gráfica política hasta el videoarte, pasando por la escultura pública, las prácticas performáticas y el arte conceptual. Acha llegó a México en un momento de efervescencia creativa y política, cuando artistas de toda la región buscaban definir una visualidad propiamente latinoamericana que trascendiera los cánones importados de la modernidad europea y estadunidense, explicó Lopera.
“El no-objetualismo digamos que reacciona frente a los cánones que venían de la modernidad artística, en particular las condiciones que tenían la escultura, siempre exhibida en un pedestal o, por ejemplo, la pintura dentro del marco”, señaló el curador.
Esta expansión de los límites de la experiencia estética implicó que el arte saliera a la búsqueda de nuevas formas de participación social. En 1976, cuando Acha ingresó a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM (hoy Facultad de Artes y Diseño), su primer proyecto de investigación se tituló precisamente Nuevas formas de participación social de las artes visuales. La preocupación por el vínculo con lo social y lo político no era meramente retórica: en medio de dictaduras, represión y el crecimiento demográfico desordenado en ciudades latinoamericanas, las prácticas no-objetuales buscaban activar al público, convertir al espectador en participante.
El contexto era definitorio. Los años 70 estuvieron marcados por teorías como la de la dependencia, que demostraba que los países subdesarrollados siempre serían dependientes de los altamente industrializados. Las prácticas no-objetuales, indicó Lopera, replantean esas condiciones de dependencia a nivel cultural: pensar propiamente lo latinoamericano, lo que está ocurriendo en la región, marca también las actitudes de activismo y las estrategias de articulación entre las prácticas artísticas y la vida cotidiana.
“La muestra intenta plantear, de un modo muy cercano a la investigación que he desarrollado a lo largo de varios años, un recorrido cronológico para interpretar los largos años 70”, sostuvo Lopera. El recorrido inicia desde mediados de los años 70, con las primeras experiencias de corte experimental en la vanguardia limeña que fueron fundamentales para Acha antes de su llegada a México.
Continúa con lo que estaba pasando en diferentes lugares de la región, como el trabajo del Centro de Arte y Comunicación de Argentina, liderado por Jorge Glusberg, que participaba en muestras conceptuales con estrategias de difusión baratas y efectivas, como fotocopias y copias heliográficas.
Un núcleo crucial de la exposición reconstruye parcialmente el Primer Coloquio Latinoamericano de Arte No-Objetual y Arte Urbano, desarrollado en el Museo de Arte Moderno de Medellín en 1981.
“Ese evento fue el punto culmen o álgido del no-objetualismo”, subrayó el curador, porque allí se puso en debate el concepto con figuras de la crítica y artistas de Venezuela, Chile, Brasil, México y Colombia. La muestra presentada en el Chopo recrea obras emblemáticas de ese encuentro: la instalación Espiral, de Magali Lara, la pieza ¿A qué le supo el desayuno?, del Grupo Proceso Pentágono –que denunciaba la desaparición de la poeta guatemalteca Alaíde Foppa–, o el performance El enviado de Dios, del venezolano Carlos Zerpa.
La exposición cierra con las resonancias posteriores del no-objetualismo, esas circulaciones subterráneas que demuestran cómo el evento de Medellín transformó prácticas individuales. La colombiana María Evelia Marmolejo, por ejemplo, decidió hacer performance de corte político después de ver la acción de las artistas venezolanas Yeni y Nan. El No-Grupo, por su parte, realizó La Agenda Colombia 83 con la guerrilla del M-19, un proyecto editorial que conmemoraba efemérides de la izquierda a través de la gráfica política.
¿Yoko Ono es comunista?
Hay una fotografía en donde aparece Yoko Ono con su hijo Sean.
Lo curioso es que Yoko endosa una T Shirt, roja con la imagen en amarillo de la hoz y el martillo. Yo me pregunto, ¿Yoko Ono es comunista? Ja, ja, ja, será de la "Izquierda Caviar". siempre le gustó mucho el dinero.
Nació en una familia de la aristocracia y la alta burguesía japonesa (su padre era banquero) y posee un gran patrimonio, además de haber heredado todo el dinero de Lennon, lo que se aleja de los principios del comunismo...
Ponerse ropa con
el Martillo y la Hoz, es una gran mentira. Andy Warhol, también realizó piezas
de estética soviética y pinturas con el martillo y la hoz o sus retratos de Mao
¿Warhol comunista?
Warhol
¿Soy comunista, Bob Colacello?
Con Sombrero de Charro
Carlos Zerpa
Ciudad de México 2026
Voy caminando por las calles
de esta ciudad y ya no la siento como un viaje de turista; ahora sé que vivo
aquí, ahora es diferente, soy un artista inmigrante, pertenezco a la diáspora
venezolana. Me levanto y no estoy en un hotel, ni de paso; despierto en mi
propio departamento, en una colonia decente. Hoy, como el ave Fénix, renazco en
una nueva tierra, aunque soy venezolano ya me siento también mexicano. Mi Caminar por estas calles ya no
es el recorrido de un peregrino; tengo la certeza de saber que ahora vivo aquí.
Poseo muebles nuevos y objetos extraños; incluso los platos y cubiertos son
otros, pues los míos se quedaron encerrados en unas cajas, en un depósito de
Caracas al que quizás no vuelva a tener acceso. Ese es mi ayer. Mi biblioteca
vuelve a estar llena. Me traje unos pocos libros que lograron cruzar conmigo la
frontera, muchos otros son nuevos, y varios los he tenido que comprar por
segunda vez; pues se quedaron allá, pero me resultaba vital releerlos. Mis
amigos insisten en que ya hablo con acento mexicano, pero no es verdad. A
leguas se nota que soy de otras tierras en cuanto abro la boca; mi origen me
delata, algunas veces por mi acento piensan que soy colombiano o cubano, yo
hago el chiste que soy de Guanajuato, que soy una de las momias que se escapó.
Lo que ocurre es que he adoptado su jerga mexicana, incorporando palabras como:
órale, pinche, chingada, carnal, güey, chido, chingón, chela o cuate. En este
aprendizaje del habla, lo más complejo fue domesticar la costumbre, dejar de
llamar cambures a los cambures para empezar a decirles plátanos, y memorizar
los nuevos nombres de las frutas, verduras y cosas cotidianas. Camote, papaya,
elote, cacahuates, sandía, playera, comal, jitomate, tamal, sarape y chiles, solo
para lograr que me entiendan. Vivir aquí
también es descifrar los códigos de una cultura fascinante. Al principio, hasta
ducharme fue un reto, pues las llaves del agua están invertidas. Pasé un buen
rato temblando de frío esperando que el agua se calentara, hasta que se me
ocurrió abrir la llave derecha, pues aquí la llave derecha corresponde al agua
caliente. La lógica mexicana de la plomería tenía otros códigos. La gastronomía
es otro universo de sorpresas. La oferta de los menús desafía cualquier
frontera culinaria. Hay restaurantes que ofrecen Sushi junto a buffalo wings,
pizzerías que también venden tacos al pastor, o restaurantes chinos donde
conviven los rollitos primavera (nuestras lumpias) y el chop suey con el pozole
y los tamales oaxaqueños. Es cuestión de gustos, lo sé, pero aún me cuesta
procesar que sirvan las pizzas con papas fritas, que algunas lleven carne
molida y sobre todo, que la norma sea ponerles ketchup. Sé que México tiene un
romance incondicional con el picante; hay más de 200 variedades de chiles. Bueno aquí
a todo, absolutamente a todo le ponen picante y hasta hay helados con chile en
polvo. Pero el colmo de los colmos lo descubrí ayer en el supermercado, pues encontré
un champú de chiles jalapeños. Aquí, el picante, también te limpia la cabellera.
Hoy almorcé en el mercado de Morelos y pedí lo que llaman "comida
corrida". El combo es completo: sopa Azteca, arroz, un guisado de pollo en
mole de chocolate, chiles rellenos, frijoles refritos, gelatina y aguas frescas
de Jamaica u horchata. Todo, por supuesto, acompañado con tortillas de maíz. El
arroz me llegó de un color naranja encendido por las zanahorias ralladas y para
mi sorpresa, coronado con rodajas de cambur. Una combinación extraña para mis
costumbres venezolanas, pero que decidí probar.
Cerca de mi casa, hay un
restaurante chino, que se llama “Aladino”, que sirve comida mexicana y que lo
atiende un peruano. Al entrar hay una gigantesca fotografía a todo color del
Taj Mahal, ¿más sincrético?, imposible.
Aprender a moverse en esta
urbe es otra escuela. Hace unos días me subí a un taxi y le pedí que me llevara
a la calle Hidalgo; terminé lejísimo, en otra avenida del mismo nombre. Es la
segunda vez que me pasa. Luego descubrí que la Ciudad de México alberga 644
calles llamadas Hidalgo. Tengo que estar más atento
para la próxima vez.
A pesar de todo, no me he
sentido extranjero en estas tierras. No hay un rechazo total (no soy gringo),
aun sabiendo que el mexicano vive bajo la máxima de "primero México,
segundo México y tercero México". ¡Viva Mexico, Cabrones! Entender esta
idiosincrasia no ha sido sencillo.
Tengo a mi favor, que desde
niño he estado vinculado a este país y a su cultura. Crecí leyendo al Charrito
de Oro, a Memín Pingüin y viendo a Santo el Enmascarado de Plata y Cantinflas.
Escuchando a Agustín Lara, Los Panchos, Javier Solís, Tin Tan, Pedro Vargas,
César Costa, Los Teen Tops, Los Hooligans y a Cri Cri el grillito cantor. Además,
sé quiénes son “La Coatlicue” y “Quetzalcóatl”.
Tengo muchos amigos mexicanos,
que me han recibido con los brazos abiertos, que me ven como “cuate”, eso
cuenta, es importante y tengo que decirlo. Pero, la distancia no borra mis raíces,
pues amo a mi país, a Caracas, a Valencia, al Avila y al mar Caribe. No me he
desligado ni pretendo hacerlo, tengo allá, mucha gente a quien quiero y quienes
me quieren. Soy venezolano y camino con el orgullo de serlo en esta
interminable ciudad.
Hoy domingo, estoy en mi casa,
estoy comiendo tacos al pastor, con una salsa de chiles habaneros, en verdad muy
picante y tomando mezcal artesanal “el mero mero”. Mis vecinos ponen una
canción a todo volumen, cantada por Jorge Negrete, que llega hasta mi
departamento. “México Lindo y Querido, si muero lejos de ti, que digan que
estoy dormido y que me traigan aquí”. Que vaina pana, me sé esa letra, ja, ja,
ja. Ya me he servido otro mezcal…
Favor de hacer “Chillar al Pollo”
antes de bajarse.
Cuando El diablo se sintió innecesario.
Carlos Zerpa
Cuando el antagonista supremo decide cambiar de rumbo, se
rompe el equilibrio de la narrativa clásica.
El fuego del infierno comenzó a tornarse azul, perdiendo esa
intensidad voraz que consumía las almas. Sentado en su trono de ceniza, Lucifer
dejó caer el tridente. El eco metálico resonó por los pasillos de piedra de su
reino, pero a él ya no le importó. Estaba exhausto.
Hacer el mal se había convertido en una rutina burocrática,
un trabajo de oficina sin sorpresas. Los humanos ya no necesitaban sus
tentaciones; habían aprendido a destruirse, mentirse y traicionarse con una
eficiencia que lo dejaba obsoleto. El diablo se sintió innecesario.
Se puso en pie, se sacudió el polvo de los siglos de la capa
y caminó hacia la salida. Al cruzar el umbral hacia el mundo de los vivos, el
viento frío de la Tierra le rozó la cara. Decidió que su primer acto de
rebelión contra su propio destino sería el más terrible de todos para el orden
del universo: sentarse en una banca de parque a ver el atardecer, en absoluta y
perfecta paz.
El dibujo que más he repetido en mi vida
El Símbolo de la Paz
Carlos Zerpa
Diariamente desde el año 1969, todos los días de la semana,
de lunes a domingo, siempre he dibujado el Símbolo de la Paz.
Yo lo tomé del mundo “Hippie”, de la época de Woodstock 69,
apenas lo vi, me identifiqué con él, pero luego investigando me enteré que ese
diseño gráfico del círculo con líneas (☮) fue creado en 1958 en el Reino Unido por el británico
Gerald Holtom, pensando en el desarme nuclear, la gente marchaba con carteles
con el símbolo pintado. En Estados Unidos, fue introducido por el pacifista
Bayard Rustin, amigo de Martin Luther King Jr. luego fue ampliamente usado por
los opositores a la Guerra de Vietnam en la década de 1960. En el film Full
Metal Jacket de Stanley Kubrick, en el póster y en varias escenas, el
protagonista (el soldado "Joker"/Bordinaro) lleva escrito en su casco
M1 la frase “Born to Kill” junto al Símbolo de la Paz. Luego se puso en boga
entre los hippies, de hecho, ellos lo adoptaron lo hicieron suyo y los pintaron
en franelas, camisas, chaquetas, vehículos, muros, carteles, banderas y
sombreros. Si bien a este símbolo se le bautizó en su origen como el “Logo
CND” (Campaña por el Desarme Nuclear, por su sigla en inglés), con el paso de
los años la gente terminó identificándolo como el “Símbolo de Paz”.
La decisión de Gerald Holtom de mantener el
ícono libre de derechos, demostró ser acertada y al no está protegido por los derechos
de autor, todo el mundo puede usarlo libremente.
Diariamente desde el año 1969, todos los días de la semana,
de lunes a domingo, siempre he dibujado el Símbolo de la Paz. Cada vez que me
baño y abro la ducha con agua caliente, el espejo del baño se empaña, cuando
el vapor de agua caliente choca contra la superficie fría del vidrio y se
convierte en microgotas, el vapor pasa de gas a líquido y forma una capa
opaca.
Termino de bañarme, voy al espejo y con el dedo índice,
hago un circulo y de inmediato dibujo también las líneas internas, creando el símbolo.
Si he dibujado todos los días el símbolo, al año lo he delineado
365 veces, lo que quiere decir que en 57 años (Desde 1969 y estamos en el 2026)
lo he dibujado 20.805 veces. Coooooñooooo Mas de veinte mil ochocientas veces.
Hay quienes dibujan penes en los muros y en los vidrios
llenos de polvo o empañados, yo con mi espíritu hippie, dibujo símbolos de la
paz.
UN EJERCICIO INTERESANTE Y PERFORMATICO, ES QUE TU TAMBIEN
DIBUJES DURANTE UNA SEMANA, TODOS LOS DIAS, EL SIMBOLO DE LA PAZ EN EL ESPEJO,
DESPUES DE DUCHARTE.

ArchivoAbierto es el título tanto del proyecto iniciado por ABRA (Caracas) y ArtEncontrado sobre la obra del artista venezolano Carlos Zerpa, como de la primera exposición individual del artista venezolano. Un muestra en la que se reúnen objetos, artículos de prensa, fotografías, registros de acciones, documentos —entre otros— procedentes de su acervo personal y que dan cuenta de algunas de sus inquietudes creativas entre los años 1969 y 1997. En ese sentido, hacer visible el archivo de un artista de la importancia de Carlos Zerpa (1950) surge del interés por preservar y difundir el patrimonio y la memoria artística venezolana, así como de la necesidad de reflexionar sobre los procesos de trabajo de creadores de Venezuela que, como él, fueron catalogados de conceptuales, no-objetuales, performancistas, de ruptura o, simplemente, “no convencionales”.
La exhibición de un material de esta naturaleza apuesta por un ejercicio de valoración ampliada en el que se pongan de manifiesto no sólo su fragilidad y fortaleza, sino la multiplicidad de interpretaciones implícitas en los archivos de artistas. De igual modo, permite señalar la significación de este corpus en el tiempo, bien sea dentro de la trayectoria de cada uno o en el marco de la historia del arte venezolano, al hacer visibles las metodologías de investigación y producción de los creadores contemporáneos. Además, la exposición de un archivo en proceso revela la perentoria necesidad de contribuir con la memoria del arte de un país, a menudo tan desatendida. Al respecto, ArchivoAbierto representa el principal testimonio de una serie de procesos desarrollados por Zerpa a lo largo de más de 40 años de actividad artística. En tal sentido, ofrece una oportunidad privilegiada para acceder a un universo creativo a través del archivo; al mismo tiempo, constituye un espacio transformador que confronta la materialidad de la historia, en su carácter más originario, con las miradas del público.
Sabemos que los archivos de artistas son, en ocasiones, un cúmulo de páginas, objetos y artículos de prensa sin mayor organización; en otras, se trata de fondos clasificados mediante una lógica minuciosa y un obsesivo registro personal. Pues en el caso del ArchivoAbierto de Carlos Zerpa, se trata de un archivo construido a partir de dinámicas propias, a veces intuitivas y otras racionales, resultado de la recopilación sistemática de todo un cuerpo de trabajo y cuyo objetivo inicial ha sido, quizás, contener en el tiempo los vestigios materiales de algo que es efímero por naturaleza. Por ello resulta interesante apreciar hoy día el modo en que Zerpa —siguiendo su voluntad de acumular documentos que consideraba importantes— se vio en la necesidad de utilizar ciertos procedimientos archivísticos o apropiarse, desde el arte, de metodologías provenientes de la archivología para dar sustento visual y conceptual a la valoración de sus prácticas y de sus propias obras a través del tiempo. Tal es el caso de La Carpeta (1978), eje central de éste primer estudio de su obra.

Carlos Zerpa. Archivo del artista. Scan digital cortesía de ABRA/ArtEncontrado.

Carlos Zerpa. Archivo del artista. Scan digital cortesía de ABRA/ArtEncontrado.
ENTREVISTA A CARLOS ZERPA
Por Analy Trejo
Emprendo un viaje por carretera y con la mirada fija sobre el paisaje en movimiento, contemplo las ideas que se puedan desencadenar en una futura conversación. ¿Qué preguntas deben hacerse cuando estás a punto de establecer un primer encuentro? Siempre está la posibilidad de comenzar por el saludo, dar paso suelto y fluido a las palabras desde el acercamiento, aunque este último comenzara antes, con las aguas bebidas de las fuentes emanadas por un archivo que revitaliza la memoria y los tiempos ya transcurridos.
Conocer a alguien implica que esté vivo. Esa cualidad vital podría estar contenida en un objeto, en una fotografía, en una reseña, en un documento. La inagotable actividad que despliega un proceso creativo, donde el arte se hace forma de vida, también da cuenta de ello. He aquí el registro de una conversación que lo acredita.
Analy Trejo: Hablemos de los objetos que mostrarás en los espacios de ABRA Caracas. ¿Se trata de un archivo de obras que ya has expuesto o de objetos que has ido guardando y que no has mostrado nunca?
Carlos Zerpa: Cuando yo viví en Italia y estaba estudiando diseño, me interesé cada vez más por el mundo del arte conceptual. De hecho allí y bajo la tutoría de Bruno Munari empiezo a trabajar reciclando objetos, trabajando con fotografía, con cine súper 8, interviniendo diapositivas y películas, perforándolas, quemándolas y mostrándolas así. También comienzo a hacer performance art e inicio un trabajo que estaba muy vinculado al mail art y así, fui relacionándome con el mundo, con gente que hacía arte de correo, que hacía performance, y cuando regreso a Venezuela conozco aquí a otros artistas que tenían un camino muy parecido al mío. Continúo trabajando con ellos dentro de esta línea. Gente como Damaso Ogaz o Diego Barboza dentro del mundo del mail art; como Diego Rísquez, Julio Neri, Carlos Castillo, vinculados al cine súper 8; o como Pedro Terán, Jenny y Nan, Marco Antonio Ettedgui, e incluso el mismo Diego Rísquez, quienes hacían performance. De pronto, hablando con Luis Romero de la posibilidad de hacer una exposición surge la idea de abrir algunas cajas [guardadas por el artista] para ver que hay dentro de ellas. En esa época yo guardaba todo. Hoy día guardo muy poco, me fastidia mucho estar guardando archivos y cosas cuando todo se puede archivar digitalmente. Pero en esa época sí. En esas cajas estaban todos los catálogos, los afiches, las cosas que yo mandaba por correo, que yo recibía. Fotografías, videos, cine súper 8 de esos comienzos; también aparecieron todas esas cosas que yo hice en Italia cuando era todavía estudiante. Eso es un poco lo que se va a mostrar en ABRA.
Luis está trabajando en la curaduría de esta exposición que creo yo abarca de 1969/70 hasta 1997, haciendo énfasis en lo que te comento: mail art, fotografía polaroid, cartel, súper 8, video art.

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes
AT: Hace un momento hablaste de Bruno Munari; estuve leyendo algunos artículos de prensa donde comentas que esta persona influyó inmensamente en esa visión que tienes de arte-vida. ¿Podrías contarme un poco sobre esto?
CZ: Bruno Munari —ya fallecido— es uno de los grandes artistas italianos, uno de los pioneros del diseño o de lo que podría definirse como diseño conceptual. Un tipo que decía “para qué imitar un rasgado si lo puedes hacer. Si voy a hacer un rasgado, yo rasgo la hoja y la pongo.” Yo me tragaba sus libros de “chamo” [adolescente]. Para mí, era el gran maestro, tenía todos los libros de él. Cuando me fui a estudiar diseño a Milán y entro a una clase donde el profesor que tengo es Bruno Munari, digo “¡Guau! ¿Bruno Munari me va a dar clases a mí?” Para cualquier diseñador, sus libros son esenciales. Es un gran pensador, en especial porque unió este mundo de las artes con el diseño, pero más en función del diseño y no tanto de las artes.
Bruno Munari pasó de ser un profesor a un amigo. Yo tuve una crisis fuerte en esa época. No había descubierto lo que luego descubrí: mi personalidad, esas muchas facetas que tengo como artista. Hoy en día podría estar dibujando y dentro de un mes estoy haciendo escultura con arcilla, y luego estoy pegando ganchos de colgar ropa para hacer unos objetos. Pero en esa época yo no lo sabía. Me angustiaba mucho, porque de pronto lo que estaba haciendo como arte no me gustaba y no le veía salida, estaba bloqueado.
Un día estaba tomando un café con Bruno Munari y estábamos hablando sobre eso, y él me preguntó: “Carlos, ¿tú no vives cerca de aquí? Muéstrame lo que estás haciendo” y se vino a la casa. Un tipo bello como son todos los grandes maestros. Mucha humildad. Era uno de los grandes, pero no ostentaba su sapiencia. Entonces, fuimos a la casa y estuvimos hablando y me dijo “Carlos, yo sé lo que te pasa, es sencillo. Tú no te has dado cuenta de que estás rodeado de tu obra de arte.” Entonces me señaló: “¿Qué tienes aquí?”, refiriéndose a un frasco en el que yo había metido una fotografía y a otros con granos de café, con una piedra, y una serie de cosas más. “Esta es tu obra, tu querrás pintar pero tu obra es esto y no te has dado cuenta, estas piedras enumeradas… esta es tu obra”; y bueno, ahí se me abrió una ventana enorme, porque empecé a hacer lo que después fueron las vitrinas (Cajas). Empecé a recoger cosas, conseguía gavetas que la gente botaba en la basura, o madera, y comencé a pegar allí unas piedras, una botella con una fotografía antigua, y así nacieron las vitrinas.
En ese momento fue como sí me abrieran los ojos y me dijeran “¡Hey, epa!”. Esto es algo que también he intentado hacer con mis estudiantes. Cuando yo daba clases, decía: “Mira, esta es tu puerta, voltea para allá”. Eso lo hizo Bruno Munari conmigo. Permitirme experimentar en cosas que yo jamás me hubiese imaginado.
Jamás en la vida llegue a imaginar que iba a tomar fotos, ni que iba a trabajar en cine súper 8, ni en video. Esas cosas se las debo, de verdad que sí. Tengo recuerdos muy bellos de él, como cuando antes de venirme a Venezuela, estábamos hablando de Italia y de revistas, y yo le dije: “En Venezuela no hay revistas de Diseño”, y él me dijo: “Bueno y ¿por qué no la haces tú?” Recuerdo que le pregunté: “¿Por qué las voy a hacer yo?” Y él me respondió: “Bueno, porque si no hay, y a ti te parece que hacen falta, hazlas tú.” Entonces, cuando llegué a Venezuela, hice una revista de diseño muy relacionada con [Gerhard] Leufert y surge de allí… de esa cosa que tú dices “¿tú quieres que pasen las cosas?, toma cartas en el asunto, porque si no, simplemente no van a pasar”. Por eso digo y siempre lo haré, Bruno Munari es uno de mis grandes maestros, porque me relacionó con el arte y la vida de una manera que sigo manteniendo hoy en día. Ver en una mancha no solamente una mancha en la pared, sino ver una batalla, un monstruo extraño, y sacarle provecho a estas cosas. Eso es.

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes

Carlos Zerpa. ArchivoAbierto. Vista de la muestra. ABRA, Caracas, Venezuela. 2016. Foto: Melina Fernández Temes
AT: Vi recientemente un post tuyo en Facebook donde dices que estás participando en nueve exposiciones simultáneamente. ¿Cómo haces para sobrellevar la producción de lo que esto implica junto al proceso creativo de seguir generando obra?
CZ: Fíjate, a mí me invitan a muchísimas exposiciones y yo no participo en todas, yo las escojo. Escojo cosas puntuales, las que tengan seriedad. Es decir, que sea una muestra, no una “loquera”. Yo produzco mucha obra y la guardo. Si surge algo, yo tengo en donde meter la mano, es como el sombrero del mago. Tengo obra, ya está. Yo publiqué eso de las nueve exposiciones con base en el hecho de que un amigo me escribe: “Carlos ¿es verdad que Víctor Hugo Irazabal se murió?”, y yo le digo “Yo no sé si falleció, pero hace poco estaba mostrando, no recuerdo en dónde, creo que fue en la Sala Mendoza. No… vale, él está vivo, está activo.”
Yo tengo amigos que son artistas y no sé si estarán haciendo arte. Yo me imagino que sí, porque los artistas siempre estamos haciendo arte, pero no sé si están vivos o no. O sea, vivos como activos en el arte. Te hablo de mi generación, porque los jóvenes son más “pilas”, ellos saben resolver sus cosas, pero de mi generación… no lo sé. Oye, creo que me sobran dedos de las manos para contar a quienes, y me incluyo, estamos vivos, exponiendo y haciendo cosas. Somos poquitos. Entonces, yo digo “esto es cómo una fe de vida”: yo estoy vivo, estoy activo, estoy exponiendo. No tendré los museos, no tendré el apoyo del gobierno, ni lo quiero, pero yo sigo activo con mi vida artística. Yo estoy participando en nueve exposiciones en Venezuela, y de pronto puede ser como “echártela”. Pero no, no es “echártela”, es fe de vida. Yo estoy vivo, estoy activo, exponiendo y haciendo cosas.
AT: Y en medio de nuestros problemas contextuales, es también una forma de resistencia…
CZ: Es una forma de completa resistencia, tanto cultural como política. Estas cosas que están haciendo las galerías privadas, es asumir funciones que le corresponden a los museos. Esto que está haciendo Luis con su equipo es una exposición de museo.
A mí me interesa exponer, trabajar y participar con fuerza en espacios en donde la gente diga “«Coye», mira, aquí están pasando cosas; o sea, esta gente no está muerta, está gente está viva”… porque si uno desaparece, desapareces en un instante, y me pregunto: ¿te vas a dejar que te coma el problema del país? Yo no puedo echarme a morir, o sea yo tengo 66 años, soy un “abuelete” y seguiré activo. Me iré a morir después de los ochenta y pico de años, yo viejo no soy, tengo 66 años y tengo mi cabeza a millón en relación a la creación. Yo voy a seguir creando como lo hizo Miró, como lo hizo Picasso, como lo hizo el maestro Abreu, hasta el mismo Soto. Fíjate como está Cruz Diez, viejito y trabajando, inventando locura. Esa es la belleza de la vida del artista. Si no, uno se muere. Es eso, si yo no hago arte ¿qué hago?, es que ni me lo imagino, si es que eso soy yo…