Cuando El diablo se sintió innecesario.
Carlos Zerpa
Cuando el antagonista supremo decide cambiar de rumbo, se
rompe el equilibrio de la narrativa clásica.
El fuego del infierno comenzó a tornarse azul, perdiendo esa
intensidad voraz que consumía las almas. Sentado en su trono de ceniza, Lucifer
dejó caer el tridente. El eco metálico resonó por los pasillos de piedra de su
reino, pero a él ya no le importó. Estaba exhausto.
Hacer el mal se había convertido en una rutina burocrática,
un trabajo de oficina sin sorpresas. Los humanos ya no necesitaban sus
tentaciones; habían aprendido a destruirse, mentirse y traicionarse con una
eficiencia que lo dejaba obsoleto. El diablo se sintió innecesario.
Se puso en pie, se sacudió el polvo de los siglos de la capa
y caminó hacia la salida. Al cruzar el umbral hacia el mundo de los vivos, el
viento frío de la Tierra le rozó la cara. Decidió que su primer acto de
rebelión contra su propio destino sería el más terrible de todos para el orden
del universo: sentarse en una banca de parque a ver el atardecer, en absoluta y
perfecta paz.
