ZZ…Continúo aun hoy en día, escuchando buen Rock and Roll y con la misma idea de cambiar el mundo…ZZ

lunes, septiembre 14, 2026

Con Sombrero de Charro


 

Con Sombrero de Charro

Carlos Zerpa

Ciudad de México 2026

Voy caminando por las calles de esta ciudad y ya no la siento como un viaje de turista; ahora sé que vivo aquí, ahora es diferente, soy un artista inmigrante, pertenezco a la diáspora venezolana. Me levanto y no estoy en un hotel, ni de paso; despierto en mi propio departamento, en una colonia decente. Hoy, como el ave Fénix, renazco en una nueva tierra, aunque soy venezolano ya me siento también mexicano. Mi Caminar por estas calles ya no es el recorrido de un peregrino; tengo la certeza de saber que ahora vivo aquí. Poseo muebles nuevos y objetos extraños; incluso los platos y cubiertos son otros, pues los míos se quedaron encerrados en unas cajas, en un depósito de Caracas al que quizás no vuelva a tener acceso. Ese es mi ayer. Mi biblioteca vuelve a estar llena. Me traje unos pocos libros que lograron cruzar conmigo la frontera, muchos otros son nuevos, y varios los he tenido que comprar por segunda vez; pues se quedaron allá, pero me resultaba vital releerlos. Mis amigos insisten en que ya hablo con acento mexicano, pero no es verdad. A leguas se nota que soy de otras tierras en cuanto abro la boca; mi origen me delata, algunas veces por mi acento piensan que soy colombiano o cubano, yo hago el chiste que soy de Guanajuato, que soy una de las momias que se escapó. Lo que ocurre es que he adoptado su jerga mexicana, incorporando palabras como: órale, pinche, chingada, carnal, güey, chido, chingón, chela o cuate. En este aprendizaje del habla, lo más complejo fue domesticar la costumbre, dejar de llamar cambures a los cambures para empezar a decirles plátanos, y memorizar los nuevos nombres de las frutas, verduras y cosas cotidianas. Camote, papaya, elote, cacahuates, sandía, playera, comal, jitomate, tamal, sarape y chiles, solo para lograr que me entiendan. Vivir aquí también es descifrar los códigos de una cultura fascinante. Al principio, hasta ducharme fue un reto, pues las llaves del agua están invertidas. Pasé un buen rato temblando de frío esperando que el agua se calentara, hasta que se me ocurrió abrir la llave derecha, pues aquí la llave derecha corresponde al agua caliente. La lógica mexicana de la plomería tenía otros códigos. La gastronomía es otro universo de sorpresas. La oferta de los menús desafía cualquier frontera culinaria. Hay restaurantes que ofrecen Sushi junto a buffalo wings, pizzerías que también venden tacos al pastor, o restaurantes chinos donde conviven los rollitos primavera (nuestras lumpias) y el chop suey con el pozole y los tamales oaxaqueños. Es cuestión de gustos, lo sé, pero aún me cuesta procesar que sirvan las pizzas con papas fritas, que algunas lleven carne molida y sobre todo, que la norma sea ponerles ketchup. Sé que México tiene un romance incondicional con el picante; hay más de 200 variedades de chiles. Bueno aquí a todo, absolutamente a todo le ponen picante y hasta hay helados con chile en polvo. Pero el colmo de los colmos lo descubrí ayer en el supermercado, pues encontré un champú de chiles jalapeños. Aquí, el picante, también te limpia la cabellera. Hoy almorcé en el mercado de Morelos y pedí lo que llaman "comida corrida". El combo es completo: sopa Azteca, arroz, un guisado de pollo en mole de chocolate, chiles rellenos, frijoles refritos, gelatina y aguas frescas de Jamaica u horchata. Todo, por supuesto, acompañado con tortillas de maíz. El arroz me llegó de un color naranja encendido por las zanahorias ralladas y para mi sorpresa, coronado con rodajas de cambur. Una combinación extraña para mis costumbres venezolanas, pero que decidí probar.

Cerca de mi casa, hay un restaurante chino, que se llama “Aladino”, que sirve comida mexicana y que lo atiende un peruano. Al entrar hay una gigantesca fotografía a todo color del Taj Mahal, ¿más sincrético?, imposible.

Aprender a moverse en esta urbe es otra escuela. Hace unos días me subí a un taxi y le pedí que me llevara a la calle Hidalgo; terminé lejísimo, en otra avenida del mismo nombre. Es la segunda vez que me pasa. Luego descubrí que la Ciudad de México alberga 644 calles llamadas Hidalgo. Tengo que estar más atento para la próxima vez.

A pesar de todo, no me he sentido extranjero en estas tierras. No hay un rechazo total (no soy gringo), aun sabiendo que el mexicano vive bajo la máxima de "primero México, segundo México y tercero México". ¡Viva Mexico, Cabrones! Entender esta idiosincrasia no ha sido sencillo.

Tengo a mi favor, que desde niño he estado vinculado a este país y a su cultura. Crecí leyendo al Charrito de Oro, a Memín Pingüin y viendo a Santo el Enmascarado de Plata y Cantinflas. Escuchando a Agustín Lara, Los Panchos, Javier Solís, Tin Tan, Pedro Vargas, César Costa, Los Teen Tops, Los Hooligans y a Cri Cri el grillito cantor. Además, sé quiénes son “La Coatlicue” y “Quetzalcóatl”.

Tengo muchos amigos mexicanos, que me han recibido con los brazos abiertos, que me ven como “cuate”, eso cuenta, es importante y tengo que decirlo. Pero, la distancia no borra mis raíces, pues amo a mi país, a Caracas, a Valencia, al Avila y al mar Caribe. No me he desligado ni pretendo hacerlo, tengo allá, mucha gente a quien quiero y quienes me quieren. Soy venezolano y camino con el orgullo de serlo en esta interminable ciudad.

Hoy domingo, estoy en mi casa, estoy comiendo tacos al pastor, con una salsa de chiles habaneros, en verdad muy picante y tomando mezcal artesanal “el mero mero”. Mis vecinos ponen una canción a todo volumen, cantada por Jorge Negrete, que llega hasta mi departamento. “México Lindo y Querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Que vaina pana, me sé esa letra, ja, ja, ja. Ya me he servido otro mezcal…

Favor de hacer “Chillar al Pollo” antes de bajarse.


 [SZ1]

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ZZ…En el arte definitivamente hay que atreverse, hay que participar de una subversión por la libertad total como dijo el querido maestro Frank Zappa…ZZ