Con Sombrero de Charro
Carlos Zerpa
Ciudad de México 2026
Voy caminando por las calles
de esta ciudad y ya no la siento como un viaje de turista; ahora sé que vivo
aquí, ahora es diferente, soy un artista inmigrante, pertenezco a la diáspora
venezolana. Me levanto y no estoy en un hotel, ni de paso; despierto en mi
propio departamento, en una colonia decente. Hoy, como el ave Fénix, renazco en
una nueva tierra, aunque soy venezolano ya me siento también mexicano. Mi Caminar por estas calles ya no
es el recorrido de un peregrino; tengo la certeza de saber que ahora vivo aquí.
Poseo muebles nuevos y objetos extraños; incluso los platos y cubiertos son
otros, pues los míos se quedaron encerrados en unas cajas, en un depósito de
Caracas al que quizás no vuelva a tener acceso. Ese es mi ayer. Mi biblioteca
vuelve a estar llena. Me traje unos pocos libros que lograron cruzar conmigo la
frontera, muchos otros son nuevos, y varios los he tenido que comprar por
segunda vez; pues se quedaron allá, pero me resultaba vital releerlos. Mis
amigos insisten en que ya hablo con acento mexicano, pero no es verdad. A
leguas se nota que soy de otras tierras en cuanto abro la boca; mi origen me
delata, algunas veces por mi acento piensan que soy colombiano o cubano, yo
hago el chiste que soy de Guanajuato, que soy una de las momias que se escapó.
Lo que ocurre es que he adoptado su jerga mexicana, incorporando palabras como:
órale, pinche, chingada, carnal, güey, chido, chingón, chela o cuate. En este
aprendizaje del habla, lo más complejo fue domesticar la costumbre, dejar de
llamar cambures a los cambures para empezar a decirles plátanos, y memorizar
los nuevos nombres de las frutas, verduras y cosas cotidianas. Camote, papaya,
elote, cacahuates, sandía, playera, comal, jitomate, tamal, sarape y chiles, solo
para lograr que me entiendan. Vivir aquí
también es descifrar los códigos de una cultura fascinante. Al principio, hasta
ducharme fue un reto, pues las llaves del agua están invertidas. Pasé un buen
rato temblando de frío esperando que el agua se calentara, hasta que se me
ocurrió abrir la llave derecha, pues aquí la llave derecha corresponde al agua
caliente. La lógica mexicana de la plomería tenía otros códigos. La gastronomía
es otro universo de sorpresas. La oferta de los menús desafía cualquier
frontera culinaria. Hay restaurantes que ofrecen Sushi junto a buffalo wings,
pizzerías que también venden tacos al pastor, o restaurantes chinos donde
conviven los rollitos primavera (nuestras lumpias) y el chop suey con el pozole
y los tamales oaxaqueños. Es cuestión de gustos, lo sé, pero aún me cuesta
procesar que sirvan las pizzas con papas fritas, que algunas lleven carne
molida y sobre todo, que la norma sea ponerles ketchup. Sé que México tiene un
romance incondicional con el picante; hay más de 200 variedades de chiles. Bueno aquí
a todo, absolutamente a todo le ponen picante y hasta hay helados con chile en
polvo. Pero el colmo de los colmos lo descubrí ayer en el supermercado, pues encontré
un champú de chiles jalapeños. Aquí, el picante, también te limpia la cabellera.
Hoy almorcé en el mercado de Morelos y pedí lo que llaman "comida
corrida". El combo es completo: sopa Azteca, arroz, un guisado de pollo en
mole de chocolate, chiles rellenos, frijoles refritos, gelatina y aguas frescas
de Jamaica u horchata. Todo, por supuesto, acompañado con tortillas de maíz. El
arroz me llegó de un color naranja encendido por las zanahorias ralladas y para
mi sorpresa, coronado con rodajas de cambur. Una combinación extraña para mis
costumbres venezolanas, pero que decidí probar.
Cerca de mi casa, hay un
restaurante chino, que se llama “Aladino”, que sirve comida mexicana y que lo
atiende un peruano. Al entrar hay una gigantesca fotografía a todo color del
Taj Mahal, ¿más sincrético?, imposible.
Aprender a moverse en esta
urbe es otra escuela. Hace unos días me subí a un taxi y le pedí que me llevara
a la calle Hidalgo; terminé lejísimo, en otra avenida del mismo nombre. Es la
segunda vez que me pasa. Luego descubrí que la Ciudad de México alberga 644
calles llamadas Hidalgo. Tengo que estar más atento
para la próxima vez.
A pesar de todo, no me he
sentido extranjero en estas tierras. No hay un rechazo total (no soy gringo),
aun sabiendo que el mexicano vive bajo la máxima de "primero México,
segundo México y tercero México". ¡Viva Mexico, Cabrones! Entender esta
idiosincrasia no ha sido sencillo.
Tengo a mi favor, que desde
niño he estado vinculado a este país y a su cultura. Crecí leyendo al Charrito
de Oro, a Memín Pingüin y viendo a Santo el Enmascarado de Plata y Cantinflas.
Escuchando a Agustín Lara, Los Panchos, Javier Solís, Tin Tan, Pedro Vargas,
César Costa, Los Teen Tops, Los Hooligans y a Cri Cri el grillito cantor. Además,
sé quiénes son “La Coatlicue” y “Quetzalcóatl”.
Tengo muchos amigos mexicanos,
que me han recibido con los brazos abiertos, que me ven como “cuate”, eso
cuenta, es importante y tengo que decirlo. Pero, la distancia no borra mis raíces,
pues amo a mi país, a Caracas, a Valencia, al Avila y al mar Caribe. No me he
desligado ni pretendo hacerlo, tengo allá, mucha gente a quien quiero y quienes
me quieren. Soy venezolano y camino con el orgullo de serlo en esta
interminable ciudad.
Hoy domingo, estoy en mi casa,
estoy comiendo tacos al pastor, con una salsa de chiles habaneros, en verdad muy
picante y tomando mezcal artesanal “el mero mero”. Mis vecinos ponen una
canción a todo volumen, cantada por Jorge Negrete, que llega hasta mi
departamento. “México Lindo y Querido, si muero lejos de ti, que digan que
estoy dormido y que me traigan aquí”. Que vaina pana, me sé esa letra, ja, ja,
ja. Ya me he servido otro mezcal…
Favor de hacer “Chillar al Pollo”
antes de bajarse.

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